Por Rogelio Ramos Signes

Escribir sin vivir en Buenos Aires hace más difícil la difusión de la obra, pero ayuda a gozar de cierta tranquilidad a la hora de producir. No hay tantos compromisos y se llega a la convicción de que la trascendencia (si es que esa es una preocupación) viene por diferente vía o con el tiempo. Claro que también conozco la otra punta del ovillo. De los 12 libros que publiqué, la mitad fue en provincias (cinco en Tucumán y uno en Córdoba) y la otra mitad en Buenos Aires. Y sí, los editados en la capital siempre tuvieron mayor cantidad de comentarios escritos y una cierta difusión. Es más, para algunos lectores es como si fuesen los únicos libros que publiqué.
Los espacios que uno ocupa se parecen mucho en cualquier lugar. Salvo por los esfuerzos que hacen algunos docentes universitarios para incluir nuestros libros en alguna materia, nuestra obra es desconocida por el gran público lector. Sigue primando la negación al prójimo. Y en este punto quiero recordar a Vladimir Nabokov cuando pone en boca de Humbert Humbert, el protagonista de su novela Lolita, una frase contundente: "Preferiríamos no haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de salchichas calientes, si un día publica el libro de poesía más importante de su tiempo". Creo que es nuestro nombre lo que ocupa los espacios geográficos de las provincias donde habitamos y no nuestra obra. Eso nos da una cierta libertad a la hora de crear; y, aunque hable en plural, debo aclarar que sólo me baso en mi experiencia y en la de unos pocos escritores amigos.
Al no estar atados a una editorial precisa, o a un combo de medios de difusión, nuestra tarea se desarrolla con gran autonomía. Escribimos lo que queremos y como queremos; podemos darnos el lujo de experimentar y hasta decirle que no a alguna oferta que incluya "retoque y bozal". Como nada esperamos de un lector que, en el mejor de los casos, es casi una entelequia, escribimos para decir lo que necesitamos y para estar conformes con nosotros mismos. En ese caso, "escribir desde el interior" es escribir doblemente desde el interior.
El paisaje, muchas veces, pasa a ser el protagonista de nuestra escritura y no el condimento exótico que debe oficiar de telón de fondo. Yo, que he nacido en San Juan y que hace 40 años que vivo en Tucumán, he logrado aunar el desierto cuyano y la nieve cordillerana con la exuberancia subtropical. Los dos paisajes me representan y, aún más, los dos me pertenecen. Creo que he logrado pintar mi aldea sin mentirme y sin meterme en discusiones estériles con quienes piensan de otra manera.
No obstante eso, no puedo engañarme. Cuando llega desde Buenos Aires algún elogio a nuestra literatura, lo recibimos con especial alegría. Aunque ya, con el correr de los años y con toda la experiencia puesta en el oficio, sabemos que muchas veces es una cuota que pagan los medios de difusión para aliviar su culpa. Es gracioso aceptar que, dentro de nuestro país, somos un producto exótico.